Octubre negro. Y los meses anteriores también.
Se perdió un año que debía servir para corregir el rumbo. Lo indignante es que todavía se siga desperdiciando tiempo y dinero, como si al país le sobraran recursos y a las familias les sobrara paciencia.
Los nubarrones están cada día más cerca, pero el poder político sigue entretenido en sus vanidades: protagonismo, disputas y cálculos para conservar espacios.
La angustia del ciudadano tiene que esperar; la comodidad del gobernante, jamás.
Se sigue gastando como si hubiera abundancia y prometiendo como si nadie llevara las cuentas.
¿Dónde están las mejoras que justifiquen tanta propaganda?
Una gestión no puede costar tanto y devolver tan poco.
La Constitución exige honestidad, eficiencia, responsabilidad y resultados.
El pueblo no paga autoridades para que ensayen excusas mientras se le deteriora la vida.
Exigirles que cumplan es reclamar su obligación constitucional.
Y frente a la corrupción, ninguna camiseta debe servir de escudo. Deben responder los de antes y los de ahora.
Quien exige cárcel para el adversario y silencio para el propio no combate la corrupción: administra su impunidad.
Lo perdido no es solamente un año de calendario.
Son ahorros consumidos, oportunidades de trabajo desperdiciadas y proyectos familiares enterrados.
Mientras el político calcula su próxima candidatura, el ciudadano calcula cuánto más puede resistir.
Octubre negro, sí.
Pero cambiar de mes no despejará el horizonte si se insiste en gobernar de espaldas a la realidad.
La sociedad ya puso el voto, la paciencia y el bolsillo.
Pretender que entregue también su futuro para sostener los errores del poder es una insolencia.
El país no puede seguir siendo la caja de una política que se da todos los lujos y le deja al pueblo todos los sacrificios.
Se perdió un año que debía servir para corregir el rumbo. Lo indignante es que todavía se siga desperdiciando tiempo y dinero, como si al país le sobraran recursos y a las familias les sobrara paciencia.
Los nubarrones están cada día más cerca, pero el poder político sigue entretenido en sus vanidades: protagonismo, disputas y cálculos para conservar espacios.
La angustia del ciudadano tiene que esperar; la comodidad del gobernante, jamás.
Se sigue gastando como si hubiera abundancia y prometiendo como si nadie llevara las cuentas.
¿Dónde están las mejoras que justifiquen tanta propaganda?
Una gestión no puede costar tanto y devolver tan poco.
La Constitución exige honestidad, eficiencia, responsabilidad y resultados.
El pueblo no paga autoridades para que ensayen excusas mientras se le deteriora la vida.
Exigirles que cumplan es reclamar su obligación constitucional.
Y frente a la corrupción, ninguna camiseta debe servir de escudo. Deben responder los de antes y los de ahora.
Quien exige cárcel para el adversario y silencio para el propio no combate la corrupción: administra su impunidad.
Lo perdido no es solamente un año de calendario.
Son ahorros consumidos, oportunidades de trabajo desperdiciadas y proyectos familiares enterrados.
Mientras el político calcula su próxima candidatura, el ciudadano calcula cuánto más puede resistir.
Octubre negro, sí.
Pero cambiar de mes no despejará el horizonte si se insiste en gobernar de espaldas a la realidad.
La sociedad ya puso el voto, la paciencia y el bolsillo.
Pretender que entregue también su futuro para sostener los errores del poder es una insolencia.
El país no puede seguir siendo la caja de una política que se da todos los lujos y le deja al pueblo todos los sacrificios.
